dilluns, 16 d’agost del 2010

Javi y la Luna

JAVI Y LA LUNA

A Javi no le importaba que sus compañeros de clase se rieran de él llamándolo lunático. Sabía que para ellos era difícil entender que le gustara tanto admirar el cielo de noche y que tuviera especial debilidad por la Luna. La consideraba un milagro, mejor que el Sol. Aquellos niños, en cambio, consideraban que era fría, ambiciosa e incapaz de existir sin el Sol. Sí, el Sol, el gran Sol. De él, al contrario, pensaban que era cálido, acogedor, amable y hasta, quizá, bondadoso. Bondadoso, sí, porque perdonaba a la Luna en todas las “travesu-ras” que hacía en la Tierra.
Los compañeros del niño se burlaban de él continuamente, pero Javi estaba seguro que debía ignorar sus comentarios y portarse bien con ellos. De algún modo sentía que en cualquier momento, en clase, Mario, el cabecilla de todas las bromas que le gastaban, levantaría su mano, pediría al profesor hablar y se disculparía con él por todo lo que le habían hecho. En realidad, Javi era un niño maravilloso. Él sí era bondadoso. Jamás llegaría a tener ningún tipo de rencor, ni siquiera un poquito, hacia Laura, María, Miguel, Pablo, Marcos, Lucía... ni hacia Mario, tampoco hacia Mario. ¡Menudo corazón tenía!
Aquel día, como todos los otros, Javi se levantó de la cama, se vistió y bajó corriendo las escaleras de su casa para dirigirse a la cocina.
-¡Buenos días!- dijo, alegre, el niño, al llegar donde estaban su madre y su hermana mayor.
-¡Buenos días, peque!-exclamó Elena, revoloteando el pelo oscuro de su hermanito.
-Déjalo, Elena, ¡vas a despeinarlo!- se compadeció, riendo, su madre, Julia.
-¡Mami!- gritó el niño saltando a los brazos de ella.
-¡Hola, pequeñín! ¿Qué tal has pasado la noche?- preguntó, la mujer, después de besarle en la mejilla. Luego añadió, dejándolo en el suelo y alargándole un tazón lleno de leche y cereales-: Toma, tu desayuno. Siéntate.
-¡Gracias!- respondió él, tomando asiento al lado de su hermana.
Cuando estuvieron de desayunar, Julia dio al pequeño su desayuno para el recreo y dijo:
-Vamos, chicos, ¡al coche! Tenemos que llevar a tu hermana al instituto, Javi.
-¿Y luego iremos a ver a papá?
-Claro, hijo, como siempre.
-¡Qué bien!
Por fin llegaron al instituto y Elena se despidió de los dos exclamando:
-¡Cuánto tiempo sin llegar puntual a clase! ¡Seguro que mi profesor va a sorprenderse! ¡Hasta luego!
-¡Adiós, cariño!- respondió su madre.
-¡Adiós, manita!- gritó Javi.
-¿Nos vamos, Javi?- preguntó dulcemente, entonces a su hijo, Julia.
-¡Sí!- contestó, emocionado, él.
Al cabo de poco rato ya estaban enfrente el colegio en el que trabajaba su padre, como profesor de Ciclo Superior, y en el que el pequeño asistía a parvulario.
-¡Buenos días!- deseó a todos los que estaban en la sala de profesores, el niño, mientras avanzaba hacia la mesa de su padre. Lo abrazó-. ¡Papá!
-¡Hola, pequeñín! ¿Cómo te va?- respondió, alegre, su padre. Después saludó con la mano a su esposa, que esperaba delante de la puerta-.
-Hoy has dicho que no querías desayuno… Me lo ha dicho mamá.
-Pues no. Es que hoy pensaba desayunar en la cafetería de aquí al lado con mi niño… Anda, ¡dile a tu madre que venga!
-¡Sí!- dijo él, feliz, mientras ya iba brincando hacia su madre. Cuando llegó allí le anunció-: ¡Mamá, papá dice que vayas!
-No os había oído, con lo bajito que habláis…- contestó Julia, irónicamente-. Ahora vengo, cariño. Siéntate en esa silla y no molestes, ¿vale? Enseguida te acompañaré a tu clase.
-¡A la orden, mami! ¡Hasta ahora mismo!- asintió, divertido, él, dirigiéndose hacia donde le había indicado la mujer.
Disimuladamente, vio como sus padres se besaban durante unos segundos y luego, al ver que Julia se dirigía hacia donde estaba, se giró y se puso a jugar con el respaldo de la silla.
-Bueno, mi amor-, le dijo ella al llegar a su lado-, ¿nos vamos?
-¡Sí!- respondió, con la misma alegría de siempre, el niño.
Justo antes de que la mujer abriera la puerta para entrar en la clase, su hijo le indicó, con un movimiento de su mano, que se acercara y ella se arrodilló delante de él.
-¿Qué quieres, cariño?- preguntó, preocupada y, a la vez, amablemente.
-Nada-, contestó, al cabo de unos segundos de reflexionar-. Sólo que… ¡te quiero mucho, mami!
-Yo también a ti, hijo-, le dijo, abrazándole. Cuando se separaron le dio un beso y añadió-: ¡Hasta luego, precioso!
-¡Adiós, mamá!- casi gritó, con la mano en la mejilla donde había recibido el beso, como si quisiera quedárselo para siempre junto a él.
Respiró hondo una sola vez y entró en clase.
-¡Buenos días, profe!- saludó una vez dentro. Y luego, dirigiéndose al resto de la clase-: ¡Buenos días a todos!
Pero sólo la profesora, Nuria, le respondió, amablemente, con otro saludo. Todos los otros, en cambio, continuaron hablando como si nada. El pequeño sonrió con tristeza, suspiró y fue a sentarse en su sitio.
Las clases transcurrieron con normalidad, con solo algunos comentarios dirigidos, siempre indirectamente, hacia él y su “obsesión” con la Luna.
En el recreo, Javi volvía a estar solo, comiéndose el bocadillo sentado en el banco de delante la puerta del colegio. De repente, algo o alguien le tapó el Sol y el niño tuvo frío. Levantó la cabeza para ver qué o quién impedía que le llegaran los rayos solares y descubrió a Mario, solo.
-¡Ves, lunático, como el Sol es muy importante! Si no está, hace frío.
-¡Hola!-, dijo como toda respuesta él, amablemente-. ¿Cómo tú por aquí, Mario? ¿Dónde están todos?
-En ningún lugar que te importe. He venido a contarte una cosa que no te gustara mucho…- respondió, malicioso, el niño-. No llores, lunático, pero mi papá ayer me contó que… ¡la Luna no tiene luz propia!
-¡Eso es imposible!- contestó, un poco enfadado, el pequeño-. ¡¿Entonces por qué brilla por las noches, listillo?!
-¡Pues porque refleja la luz del Sol!
-¡Eres un mentiroso!- gritó, a punto de romper a llorar-. ¡Vete!
-Muy bien, lunático, me voy. ¡Disfruta del día tan soleado que hace!- se marchó, riendo, Mario.
Cuando se quedó solo, Javi se fue corriendo hacia la sala de profesores y buscó a su padre. Pero, como las horas de recreo de parvulario y primaria no coincidían, no lo encontró. Nuria, su profesora, lo encontró llorando desconsoladamente, sentado en la silla donde había estado aquella mañana.
-¿Qué pasa, Javi?- le preguntó, preocupada, cuando estuvo arrodillada delante de él. Le acarició la mejilla y le intentó secar las lágrimas con un pañuelo de papel.
Al cabo de unos minutos, cuando el niño se hubo relajado un poco, le miró a los ojos y formuló la pregunta:
-Nuria, ¿es verdad que la Luna no tiene luz propia? ¿Es verdad que su luz es solo el reflejo de la del Sol?
-Sí, es verdad. ¿Por eso estás así?- dijo ella.
-Yo…- sollozó él, sin saber qué decir-.
-No te preocupes, sé que te encanta la Luna y todo lo que la rodea... No llores, pequeño…-le intentó calmar la maestra-. Vamos.
La mujer le cogió de la mano y le llevó a la sala de profesores. Donde, como el recreo se había acabado, el padre del niño estaba corrigiendo exámenes.
-Pedro, ¿puedes venir un momento?
-Enseguida, Nuria.
Cuando el hombre se acercó a su hijo, se agachó y vio que estaba llorando.
-Eh, cariño, ¿qué pasa?- le preguntó, dulcemente. Se levantó con él en brazos y se dirigió a Nuria-: ¿Qué ha pasado?
-No lo sé. Me ha preguntado si realmente la luz de la Luna es el reflejo de la del Sol y…
-Vale, lo entiendo. ¿Te importa avisar al director de que salgo durante el recreo de Primaria? Me llevo a Javi. Te lo traigo en media hora, ¿de acuerdo?
-Claro, no te preocupes. Hasta luego, pequeño- respondió, amablemente, la profesora.
Padre e hijo salieron del colegio cinco minutos después, dirigiéndose hacia la cafetería más próxima. Pedro tomó un bocadillo de jamón y un café mientras que Javi, que ya había desayunado, pidió un zumo de piña, su favorito. Cuando les llegó la comida y la camarera se hubo alejado, el hombre dijo:
-Estás más calmado, ¿verdad?
-Sí…-respondió el niño con un hilito de voz-. Gracias, papá.
-¿Gracias por qué, cariño?
-Por todo. ¡Te quiero!
-Yo también a ti. Escucha… no debes estar triste por saber que la Luna no tiene luz propia… Yo sé que te gusta mucho el satélite, pero no te preocupes tanto. Es verdad que sin el Sol no tendría luz, pero sin ella de noche el Sol tampoco brillaría, los marineros no se orientarían, las mareas no subirían ni bajarían, etc. Ahora volveremos a clase, ¿de acuerdo? Y si Mario te vuelve a molestar vienes a hablar conmigo, ¿vale?
-Sí, papá. Gracias otra vez.
-De nada, hijo, de nada.
Los dos volvieron al colegio y las clases continuaron con normalidad. Después de la última hora, Javi se encaminó hacia la biblioteca para coger algún libro de cuentos para leer con sus padres. Cuando lo tuvo, se fue a sentar en la silla de siempre y empezó a mirar los dibujos del libro, esperando que su padre terminara su última clase para poder volver a casa juntos, como todos los días.
De repente, una niña de su misma edad aproximadamente se sentó en la silla de al lado y saludó:
-¡Hola!
-¡Hola!, soy Javi. ¿Cómo te llamas?
-Eva.
-Eva… ¡qué nombre tan bonito!
-¡Gracias!
-No te había visto nunca… ¿eres nueva?
-Sí. Mi madre es la nueva profesora de inglés de los mayores y me ha apuntado en este colegio.
-¡Mi padre también es profesor aquí!
-¿De verdad? ¡Qué divertido!
-¡Seamos amigos! ¿Cuántos años tienes?
-Cinco. Hoy es mi cumple.
-¿En serio? ¡Felicidades! Yo también tengo cinco.
-¿A qué clase vas?
-A P5 A.
-¡Yo también ahora!
-¡Pues qué bien! Una pregunta, ¿estás esperando a tu madre?
-Sí. Ha venido a hablar con mi nueva profesora. Iremos a comer en un restaurante y luego al parque de atracciones para celebrar mi cumple. ¿Y tú?
-Yo estoy esperando a papá. Siempre acaba una hora más tarde que nosotros y, como mamá no puede venir, le espero para volver a casa.
-¿Entonces siempre te esperas todos los días?
-Sí. No tengo otra. Esta tarde no vendrás aún, ¿no?
-No. Pero mañana sí. ¡Nos lo vamos a pasar genial! ¿Tienes muchos amigos?
-Pues… no. Se burlan siempre de mí en clase y todo eso, pero yo sé que lo hacen porque en realidad les caigo bien. ¡Ahora te tendré a ti!
-Es verdad. Bueno… allí llega mamá. ¡Hasta mañana, Javi!
-¡Adiós, Eva!
El niño aún tuvo que esperar un rato más para poder volver con su padre. Entonces, los dos se fueron a buscar a su madre y regresaron a casa, donde encontraron el almuerzo en la mesa. Como todos los lunes, en que todos salían tarde excepto Elena, ella era la que preparaba la comida.
-¡Ya estamos aquí!- anunció Pedro, nada más abrir la puerta-.
Todos se dirigieron al comedor y la chica saludó:
-¡Hola a todos! Sentaos.
-¿Qué hay para comer hoy?- preguntó, curioso, su hermanito.
-¡Arroz y tortilla de patata!
-¿De verdad? ¡Qué bueno!
Los cuatro se sentaron en la mesa y comieron a gusto, entre risas y comentarios sobre como les iba ido el día.
A veces, cuando se rompe un sueño, solo hace falta tener alguien a tu lado que te consuele y te diga que no importa. Aquel día, las expectativas de Javi se rompieron, pero Pedro, Julia, Elena, Nuria y Eva estuvieron a su lado y suavizaron el dolor. El niño aprendió a confiar en la gente. Cuando fue mayor, estudió la Luna y descubrió miles de cosas buenas sobre ella y, dejando a Mario y a todos sus compañeros pasmados al verlo salir por la televisión, pudo por fin afirmar que la Luna no era mejor que el Sol, pero el Sol tampoco era mejor que la Luna. Ahora sus hijos cuentan con pelos y señales esa historia a sus nietos y Javi es recordado todos los días por mucha gente: Eva, su esposa; Mario, Julia y Pedro, sus tres hijos; el marido y las esposas de sus hijos; Carlos, Marta, Sandra, Laura y Marcos, sus cinco nietos; Elena, su hermana; Mónica y Raúl, sus dos sobrinos; Elena y Javi, los hijos de Mónica y su novio; Leo y Maite, los hijos de Raúl y su marido… Gente que jamás olvidará la historia de Javi. Una gran historia.

¡Espero que os guste!

1 comentari: